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Lunes 25 de septiembre de 2017

 

La deriva que han tomado los escenarios políticos en Ecuador nos ha obligado a muchos a replantear nuestras posiciones y Alianza PAIS, como movimiento político, no ha sido la excepción. Luego de una apretada victoria, que se presentaba como la continuación de un esquema en que vidas, bienes y derechos se encontraban a merced de una sola voluntad de poder, se produjeron cambios que ni los más optimistas opositores habrían podido prever.

¿Qué pasó? Se siguen preguntando los correístas con ojos llorosos, ahora que 120 días después, sienten que no manejan espacios de poder y que, al contrario, se han ido destapando numerosos escándalos de corrupción, que los han mostrado no como el movimiento que marcaría un punto de inflexión en la historia del país, sino como un club de atracadores que, con mucha audacia y cobijados por un corrupto aparato de prensa, festinaron los fondos públicos sin pudor alguno, con sensación de la más absoluta impunidad, gracias al control político que han ejercido desde hace siete años sobre fiscalía y administración de justicia.

Alianza PAIS se ha visto obligado, escándalo tras escándalo, a verse en un espejo al que había rehuido desde el inicio del gobierno de Correa. Observarse desnudos y sin justificaciones, darse cuenta de que el suntuoso traje del emperador solo existía en la mente de incondicionales fanatizados, que se revolcaron durante una década en el fango de la falacia, el odio y la irracionalidad. “Sufridores, odiadores o vende patria” se nos dijo a quienes miramos con ojo crítico eventos tan pintorescos como el lanzamiento del primer satélite ecuatoriano, el famoso Pegaso. Quienes advertimos que el cosmonauta Náder tenía una formación de apenas semanas, que el aparatejo costaba el triple de su valor real y que no era más que un juguetito caro, que escuelas y colegios de Estados Unidos hace rato habían venido lanzando al espacio, fuimos tratados de envidiosos y retardatarios. Desde la perspectiva revolucionaria, tanto triunfo tecnológico era insoportable para aquellos que veíamos semejante acontecimiento por televisión, mientras los altos cargos de gobierno, disfrazados de funcionarios de la NASA, con chaquetas de astronauta llenas de logos y sellos alusivos al espacio, veían embelesados cómo el improvisado hombre del espacio hacía la cuenta regresiva. Una especie de escena del video de “I don’t want to miss a thing” de Aerosmith, pero en versión de Delfín Quishpe. Al final, el tiempo nos dio la razón y no hay forma de recordar semejante evento, sin que las carcajadas afloren por doquier. No contribuyeron mucho al avance espacial del país, pero nos llenaron de anécdotas graciosas.

En la misma línea de actuación, a alguien se le ocurrió que podría replicarse Silicon Valley, pero en Urcuquí. Es que “ya es hora de abandonar esa mentalidad retardataria y tercermundista compañeritos”. Tiemblen Stanford, MIT y Harvard, pues aquí llegó Yachay. El proyecto icónico de la Revolución Ciudadana, ese centro de estudios que nos iba a sacar del subdesarrollo y proyectaría al Ecuador como un país científicamente emergente. A la final, varios años después y luego de unos cuantos rábanos cultivados, se evidencia la verdad. Hay déficit de aulas y laboratorios, se privilegió al segmento administrativo por sobre el académico y las contrataciones corruptas, llenas de sobreprecios y comisiones, comienzan a asomar su feo rostro. La nueva universidad no ha logrado destacar ni siquiera en el país e internacionalmente no representa nada. En la desesperación electoral llegaron a anunciar una inversión de tres mil millones, nada más ni nada menos, provenientes de dos transnacionales enormes. Esta mentira fue sostenida no solo por el entonces director de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, René Ramírez, sino por el mismo Rafael Correa. Era un golpe en la trompa a quienes habíamos dudado de las bondades de crear una universidad desde cero, en lugar de potenciar las públicas existentes. En síntesis todo fue un timo, una mentira que el famoso Cuentero de Muisne posiblemente no habría sostenido, por un mínimo sentido de pudor. De la inversión anunciada no ha llegado cinco centavos a la universidad, pero la inversión pública en la misma crece y crece cada día.

La trama de Yachay fue una suerte de reedición del “affaire Maschietto”, en el que de repente la Revolución Ciudadana contactó a un esmeraldeño adoptado por una pareja de italianos, que era un pianista de enorme reconocimiento en Europa. Había recibido todos los premios posibles y ocupado cargos tan relevantes, como el de director de la Ópera Estatal de Praga. Se le consideró incluso para el cargo de cónsul del Ecuador en dicha ciudad. Hechas las averiguaciones del caso, resulta que nada de esto era verdad y la embajada en Alemania se vio forzada a hacer una aclaración por demás embarazosa. En fin, la “academia revolucionaria” se mueve en la dinámica de la de un vendedor de medicamentos naturistas de buseta. (O)

 Fuente: Diario EL UNIVERSO, siga el enlace

 

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