Lunes 18 de diciembre de 2017

 

Quienes estamos vinculados a las ciencias sociales, especialmente desde ámbitos académicos, estamos claros en que ciertos postulados propios de las ciencias naturales son sencillamente inaplicables. En física, por ejemplo, si una teoría funciona, no importa cuántas veces se la someta a ratificación vía experimentación, siempre debe arrojar los mismos resultados. En política la cosa no es tan sencilla, la misma sociedad e incluso los mismos actores pueden verse abocados a escenarios diversos, en momentos diferentes. Lo que funcionó en un momento dado, puede ser absolutamente inútil en otro. Cuando la ciudadanía se da cuenta de una impostura, y vaya que esto a veces toma tanto como diez años, es muy difícil que se pueda insistir en esta, sin correr el riesgo de asumir un coste enorme.

 

La posibilidad de replicar fenómenos sociales, sin tomar en cuenta los cambios que operan en una comunidad específica, resulta no solo remota, sino impracticable. Las condiciones políticas en sociedades con institucionalidad débil, como la nuestra, tienen un ritmo de cambio vertiginoso. Esto significa que se puede pasar de héroe a villano, con apenas meses de diferencia. Esto lo constató el expresidente Correa en su última visita, en la que su capacidad de convocatoria apareció a las claras como notoriamente inferior, a aquello a lo que a lo largo de diez años nos tenía acostumbrados, al punto de que la megaconvención anunciada se pudo realizar en una hostería en Esmeraldas, donde cupieron cómodamente los asistentes. Mal fin, para lo que sin duda constituyó el proyecto político electoral más importante de los últimos cien años y en el que millones de ecuatorianos cifraron sus esperanzas.

 

¿Qué sucedió? Se preguntan todavía los afectos al correísmo que no salen del asombro, al ver que todo su mundo se desmoronó como castillo de naipes. Ese universo paralelo donde éramos gobernados por el segundo mandatario más popular del planeta, en el cual nuestros vecinos de región envidiaban el sistema judicial ecuatoriano, donde habíamos reducido la pobreza de manera más eficiente que cualquier país del primer mundo y teníamos menor índice de desempleo que Alemania. Obviamente cualquiera se reiría de semejantes estupideces, pero los seguidores de la Revolución Ciudadana nos demostraron que la fe, además de mover montañas, permite a una masa adoctrinada, comprar los cuentos más delirantes. ¿Qué pasó con Lenín? ¿Por qué nos traicionó? Se preguntan otros, que alineados dentro de la lógica imperante en la “década ganada”, consideran como traición el que se permita que los medios difundan los affaires de corrupción correísta, sin ser sancionados o procesados penalmente. No importa la evidencia de las coimas recibidas a través de terceros, por los altos mandos del gobierno anterior, todavía hay quien dice que esto es invento de la prensa “corrupta” y de los grandes propietarios del capital, con quienes supuestamente Moreno se habría alineado.

 

La contundencia de los indicios de corrupción es tan grande que ha hecho prácticamente indefendible la posición ética de la Revolución Ciudadana, que además se encuentra enfrascada en una pelea intestina por quién se queda con el movimiento, la personería jurídica e incluso las cuentas de redes sociales. Al final del día, Moreno aparece como el claro ganador y los seguidores de Correa se encuentran al parecer ya resignados a entrar en un proceso de recolección de firmas y conformación de una nueva tienda política. Este panorama, aparentemente tan alentador para el actual régimen, no está, sin embargo, exento de nubes y peligros, propiciados sobre todo por sus propios errores.

 

Ahora no es tan fácil, presidente. La ciudadanía difícilmente tolerará la aplicación de viejos esquemas autoritarios, como el del reciclaje de funcionarios desprestigiados, tan propio del gobierno pasado. El problema radica en que todo error se paga muy caro políticamente y eso lo palpó directamente usted, señor presidente, cuando en ejercicio de candorosidad e ingenuidad, endosó su respaldo a personajes como Richard Espinosa del IESS o el presidente del Consejo de la Judicatura Gustavo Jalkh. ¿Fue necesario? Evidentemente no, es más, al primero de los nombrados tuvo que aceptarle la renuncia apenas un mes después, en medio de crítica generalizada. En el segundo caso, las palabras de apoyo a quien dirige el sector más cuestionado del Estado, la administración de justicia, lo único que lograron fue exacerbar las suspicacias en diferentes sectores, pues más de uno se preguntó si existe realmente voluntad de cambio estructural o solo de formas, con los mismos actores del desastre.

 

Ahora no es tan fácil, presidente. Después de diez años de autoritarismo, la ciudadanía está alerta y lista a movilizarse. Tiene usted una oportunidad histórica, la de demostrar que un país con institucionalidad fuerte es posible. No la desperdicie. (O)

Fuente: Diario EL UNIVERSO, siga el enlace aqui.

 

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