Lunes 5 de febrero de 2018

 

Me gusta el fútbol. Racionalmente es difícil explicar mi fascinación por un juego en el que varias personas corretean tras un balón , y la emoción -o la tristeza- compartida por miles, millones de hinchas cada vez que convierten o le convierten un gol a su equipo.

Voy al estadio con frecuencia, debo confesar que solamente cuando juega Liga Deportiva Universitaria siento una emoción parecida a la que tenía en mi infancia y adolescencia antes del inicio del partido. Sigue siendo extraño ese sentimiento de plácida alegría que me arroba cuando el equipo gana o el de aflicción, incluso cierta amargura, cuando pierde. Todavía recuerdo la emoción, que llegó hasta las lágrimas, cuando descendimos en el 2000 y cuando ganamos la Copa Libertadores en el 2008.

No tengo equipo internacional alternativo, como muchos tienen por un equipo español, inglés o argentino. Siento alguna simpatía por el Palestino de Chile, es una suerte de reivindicación, su nombre es un recordatorio de la existencia de un pueblo que se niega a ser borrado de la historia.

Mi padre era un fanático incurable. Veía, leía, escuchaba todo los días sobrefutbol. Le afectaba tanto que cuando se enfermó los médicos le prohibieron ir al estadio y luego, incluso, ver o escuchar partidos de Liga. La emoción podía provocarle la muerte, su corazón podía sufrir un colapso.

Todos los domingos se repetía la misma conversación en la noche. ¿Cómo está papá? ¡Mal! me respondía. Sabía la respuesta, era obvia, pero solo por picarle preguntaba ¿por qué? Y recibía la contestación indignada (¡cómo podía no saber!)¡No viste que perdió Liga! Cuando más enfermo estuvo la medida de su alegría eran los triunfos del equipo, que le ayudaban a palear los dolores de la vida, de la enfermedad.

Mi gusto por el fútbol siempre está en tensión con lo que la razón me dice sobre un deporte marcado por el machismo, la homofobia, el racismo, la misoginia y la violencia. Un juego en el que se mueven montañas de dinero, en el que se paga cantidades obscenas a sus estrellas, que se mancha con frecuencia por la corrupción, las apuestas ilegales (las que condicionan resultados), en el que existe explotación, engaño y política. Política que no está presente solo para obtener votos, sino que algunas rachas de éxito son coincidentes con los gustos de quien ejercía el poder y como se usan los recursos públicos o los contactos para dar ventajas económicas, como ha pasado –también- en nuestro país.

Pese a todo esta aparente irracionalidad reivindico esta afición, el gusto por un deporte que me lleva de vuelta a mi infancia, a la familia; a ese juego que me ha dado, y da a millones, momentos de tristeza y felicidad.

Albert Camus sostenía que donde más aprendió “acerca de moral y de las obligaciones de los hombres” es en el fútbol, por eso debemos buscar que se recupere lo positivo y la capacidad de enseñar cosas buenas sobre la vida y la política, dejando atrás la idea que todo vale con tal de ganar.

Fuente: Diario EL COMERCIO, siga el enlace

 

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